Hoy les traigo una propuesta indiscreta. No, indiscreta no es. Es indecente, aunque no del todo. Bueno, veo complicado el trabajo de encontrar la palabra justa, así que se la cedo, decidan ustedes el adjetivo que quieren colocar a la derecha de "propuesta".
Lo que yo quiero pedirles es que mañana
salgan descalzos a la calle. Completamente descalzos. Ni siquiera lleven sus botas en el bolso porque no los querrán usar.
No.
No usen zapatos mañana. Ni zapatos, ni sandalias, ni ojotas, ni alpargatas, ni zapatillas ¡Nada! Sólo sus bonitos pies y disfruten de la sensación que da pisar las baldosas esas que tienen piedritas y que parece que pinchan pero en realidad percibirlas pueden ayudarnos a tener un lindo contacto con las terminaciones nerviosas que están en nuestras plantas. Además, ¡qué bellos se ven sus pies sin ataduras!
No se preocupen por los variados obstáculos con los que pueden ustedes toparse. Confíen en su inteligencia y en su visión para esquivarlos. No crean ustedes que son torpes, los pies en el piso quitan toda estupidez y nos trae avivamiento. El contacto de la tierra con nuestros cuerpos siempre es bueno y no debe ser olvidado por la distancia que el asfalto nos dejó.
No sean tímidos si la gente que usa zapatos los mira con caras extrañas. ¡Son ellos los extraños!
(he aquí el por qué de sus caras)
Son ellos los que aún no se atrevieron a desafiar al enemigo, que hoy es el zapato.
Además, me parece una prudente decisión aclararles que yo me he atrevido a caminar sin los zapatos por calles y avenidas y jamás noté las caras extrañas, es que mis ojos estaban ocupados velando por mis pies. Y acá, sólo en este caso, sí acepto que miremos nuestro ombligo, los ombligos de los encadenados siempre suelen ser feos y malintencionados.
¿Quién fue el ridículo que inventó el calzado? Imagino que tendrá una buena excusa como que un día iba caminando por la calle y pisó en un lugar poco agradable donde había un clavo y se lo incrustó de lleno en el talón. No, no, realmente pido una buena excusa, esa no es suficiente como para someter a cada maldito caminante a llevar siempre un envoltorio de tela, goma, cuero y, en el peor de los casos, metal encapsulando nuestras pieles, sin olvidar la maldita regla de que estos envoltorios deben sí o sí combinar con nuestras ropas.
Otra cosa que les quiero pedir, la última, ya me estoy por ir: no se subleven contra sus pares. Lo sé, los he visto: son necios, ciegos y a veces saben ser muy detestables, pero son víctimas, no cómplices.
Sublévense contra sus zapatos: arma blanca todavía no declarada como tal.
Nota: Si deciden llevar a cabo la propuesta un día de lluvia tengan en cuenta que abajo de las baldosas corren cables asesinos que pueden electrocutarlos, me lo dijo un tachero. Me sorprendió lo fácil que puede morir una persona.
No hay comentarios:
Publicar un comentario